30 de enero de 2023
30 de enero de 2023 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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ATAJO de la villa 31: posible caso de servidumbre laboral
Cuando trabajar es un calvario en el cuerpo y la subjetividad
Fabiana nació en Paraguay y vive en la villa de Retiro. Trabajar se convirtió en una pesadilla de maltratos, explotación y hasta abusos sexuales, por parte de su empleador, también paraguayo. El caso fue derivado a DOVIC y PROTEX.

“Siempre quise a este país. Mi sueño fue tener mi DNI como argentina”, dice Fabiana, nacida en Paraguay hace 48 años, exhibiendo orgullosa su documento 95 millones y pico. Desde que se separó de su marido y padre de sus 5 hijas, dos de las cuales ya la hicieron abuela, Fabiana descubrió que tenía derecho a su propio tiempo y a cumplir sus sueños.

Cuando llegó por primera vez a Buenos Aires procedente de su Asunción de toda la vida, en enero de 2013, consiguió buenos trabajos en casas particulares. Si bien eran empleos no registrados, el clima ameno, la confianza en el trato y una paga razonable emparejaban la situación. Pero desgracias familiares en Paraguay la obligaron una y otra vez a cruzar el Pilcomayo, camino de su país natal.

En sólo medio año Fabiana perdió cuatro familiares, entre ellos su entrañable hermano y su abuela, que la crió. Por eso, quizás, la alegría de sus empleos porteños: cada vez que cuidaba a un matrimonio mayor, a un jubilado enfermo, a una señora sola, olvidada por sus hijos, Fabiana sentía estar devolviéndole el favor a su propia abuela, que murió cuando ella promediaba su adolescencia, a los 15.

“Todas mis hijas formaron familia bien constituida en Paraguay. Dos ya tuvieron hijos. Son seguiditas: la más grande 30, y la menor, 24. En sólo 6 años tuve mis cinco hijas. Por eso, cuando me separé, y viendo que mis hijas estaban bien y no necesitaban nada de su madre, decidí venir a Buenos Aires, hacerme un tiempo para mí y mejorar socialmente”.

Fabiana habla rápido y bien. No parece tener sólo tercer grado de la escuela primaria, como confiesa. “Tuve mucho roce social en mi vida”, explica. Cuando se fue de Paraguay no buscaba “hacerse la América” en Buenos Aires, sino, apenas, tener otra vida, aspirar a más, material y humanamente, y lograrlo.

Ese roce la llevó a cuidar en un piso del barrio de Caballito la salud muy deteriorada de una señora de 85 de edad, enferma de cáncer de pulmón, viuda de un ex diplomático argentino. Cuando la señora Ariana, finalmente, murió, en noviembre pasado, Fabiana quedó nuevamente sin trabajo, aunque esta vez, no por culpa de una desgracia en su propia familia.

La pareja de paraguayos que alquilaba la habitación contigua a la suya, en la planta alta de una vivienda en la villa 31, le ofreció entonces una salvación: trabajar haciendo empanadas en el local de comidas al paso que el matrimonio regenteaba en la planta baja.

“Me prometían 100 pesos por hacer 60 empanadas al día. Yo eso lo hago en dos horas. ¿Cómo decir que no?”. La propuesta resultaba por demás alentadora. Fabiana sabía que lo suyo nunca fue la cocina, pero empanadas sabía hacer; el nuevo trabajo no le ampliaría su mundo de relaciones que distinguía su léxico cuidado y veloz, pero el pago no estaba mal y tampoco tendría gastos en viaje ni demoras en los colectivos. Aceptó.

A la semana, sin embargo, la favorable oferta laboral empezó a volverse opaca. Las condiciones comenzaron a nublarse. Fabiana hacía las 60 empanadas, y apenas terminaba de hacerlas, la mujer del dueño le entregaba otra tanda de relleno para completar otras 5 docenas, y así. Bajaba la escalera para entrar a trabajar a las 9 y media de la mañana, y eran las 10 de la noche y Fabiana todavía no se había ido. No tenía un patrón, sino dos. Para ella no había sábados ni domingos, y a las empanadas se le sumaron la obligatoriedad de comprar los insumos en el Coto frente a la terminal de Ómnibus, más la limpieza del freezer, los vasos, el piso y el preparado de milanesas y marineras. “Algunos hombres, bebidos de más, me decían cosas”. Y todo por el mismo salario.

“Cuando quise renunciar, el dueño me ofreció entonces el doble de plata. Doscientos pesos para trabajar entre las 9 y media y las 5 de la tarde, y sólo de lunes a viernes. Y también dije que sí. Yo quería trabajar. Pero ellos tampoco cumplían. La última vez que fui terminé de limpiar a las 2 de la mañana”. En las largas jornadas de trabajo, Fabiana veía que el dueño recibía de personas que no conocía sumas importantes de dinero, que la hicieron pensar que su empleador incurría en negocios turbios, o que el sencillo restorán que regenteaba en planta baja de la piecita donde vivía era parte de una red de otros varios.

Para el patrón, el planteo de Fabiana fue demasiado. “O me paga lo que me dijo o lo denuncio”. Cuando la mujer llegó al ATAJO en estado de schok, aún tenía el cuello marcado con el pulgar del dueño del restaurante, producto de la violenta escena mantenida en la madrugada. Trinidad Baruf, Carolina Maniowicz y Lucía Battistuzzi, del equipo ATAJO de la villa 31, recuerdan que fueron dos horas y media, con todos sus minutos, el tiempo que Fabiana lloró sin parar en los hombros de Laura Duarte, la coordinadora del área de psicología del Programa del MPF.

“Lo que no le perdono es el daño psicológico que me quedó. Nadie me había levantado la mano nunca. Yo tengo cinco hijas y no quisiera que nunca se enteren de lo que me pasó, porque qué van a pensar que vine a hacer a Buenos Aires”.

Para Fabiana, tan ofensivos como los manoseos a los que la sometió su empleador, fueron los gritos que le dedicó delante de todos los vecinos. “Ladrona y sinvergüenza, me dijo; justo a mí, que le limpiaba con su rejilla podrida toda la pileta de la cocina, llena de gusanos y cucarachas”.

Debido a la rápida intervención del Programa de Acceso Comunitario a la Justicia, fueron localizados la prima de Fabiana, en San Antonio de Padua, y dos amigas de su confianza, dentro de la villa 31, que le dieron cobijo la primera noche. Tras el episodio que desencadenó el drama, Fabiana se mudó a la casa de su prima, en la zona oeste.

El sumario iniciado en la delegación de la Comisaría 46 presente en la villa 31, se instruye por “amenazas coactivas”. Citada a tal fin, hace quince días, Fabiana ratificó su primera denuncia y la amplió. Tras la correspondiente acta tomada por el equipo ATAJO, el caso fue derivado a PROTEX (Procuraduría de Trata y Explotación de Personas), a cargo de Marcelo Colombo, y a la Dirección de Orientación a la Víctima (DOVIC), que dirige Malena Derdoy, ambas del MPF, para que evalúen la situación, aprecien los hechos y, en su caso, atiendan con la especialización que requiere Fabiana la urgencia de su drama.

El informe elaborado por DOVIC tras entrevistarse con la mujer fue remitido a la Fiscalía Nacional en lo Criminal de Instrucción que tomó intervención en el hecho. Para PROTEX, en tanto, el hecho podría configurar un caso de servidumbre laboral. Hasta el momento, Fabiana logró que la fiscalía actuante la autorizara a retirar, acompañada por personal policial, sus pertenencias de la habitación que alquilaba, a la que no había regresado desde entonces.

“Tengo miedo. No quiero ni pasar cerca de la villa de Retiro. Pero también tengo miedo de volver a Paraguay. No me quiero dar por vencida en mi sueño de ser argentina”, dice Fabiana al fondo de su angustia. La mujer ya lloró, contó y trabajó lo suficiente. Ahora le toca a la Justicia.

Aclaración: los nombres propios y las señas particulares de este caso fueron modificados, a fin de resguardar la identidad e intimidad de la víctima