23 de septiembre de 2020
23 de septiembre de 2020 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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Justina y ATAJO la buscaron hasta encontrarla
Relato de una fuga y un reencuentro
Justina, de 37 años, buscaba a su hija, de 16, quien había escapado de Paraguay junto a su novio. ATAJO derivó el caso a las reparticiones estatales encargadas de las personas extraviadas, que un día después la encontraron en la Villa 21.

Los más memoriosos, los que llevan muchos años viviendo en la villa, le dicen “La torre de Interama”. Los más jóvenes, en cambio, “Parque de la Ciudad”. No hacen siquiera mención a la Torre. “Parque de la Ciudad” a secas. Como naturalizando esa insignia, omnipresente al fondo del cielo, atrás de la ciudad. La inmensa construcción, desde cuya cima un día claro puede verse la costa uruguaya, es una de las más importantes señas de identidad del sur porteño. “Cerca de la torre”, le dijeron, y ella, Justina, 37 años, paraguaya, fue.

No tenía muchos más datos. Apenas un comentario en Facebook, escrito por alguien que vaya uno saber si era cierto. Cuando su hija de 16 años se escapó de su ciudad, de su país, de su familia, junto a su novio, lo más importante no era tanto saber qué tan cierto era el dato, sino conseguirlo. Inventarse un destino. Hallar la punta de un hilo, cualquier hilo, y remontarlo hasta su nudo del principio, para poder seguir viviendo un rato más, lo que dure esa ilusión. La desesperación es así.

Caminaba rápido, sorteando los camiones y los colectivos de las líneas 70 y 46, que recorren la villa por la avenida Iriarte, en transversal, sin ningún semáforo que los detenga, simplemente porque no hay semáforos. Para qué gastar dinero en ordenar el tránsito en la villa si ningún auto, ni camión querrán detenerse. Así fue cómo llegó a la oficina de ATAJO de la Villa 20, frente a la Casa de la Cultura, en el espacio interministerial, preguntando si podía pegar un papelito con la fotografía de su hija.

“Tiene 16 años. Se fue con su novio. Usó la Cédula de Identidad de su prima, y todo que sé es que no cruzó en la balsa que une Encarnación con Posadas, sino en el ómnibus Crucero del Norte. Desde el 7 de julio que me falta. Tengo el dato de que está en la Zavaleta”, contó, afligida, a la operadora judicial del Ministerio Público Fiscal a cargo de la Agencia. Como es costumbre, la empleada, tan abogada como un juez, completó el formulario con sus datos personales, teléfono de contacto, hizo una breve reseña del hecho denunciado y las primeras actuaciones que el caso merecía.

Apenas llegada a Buenos Aires, Justina se había presentado ante la Fiscalía de Esteban Echeverría, donde le tomaron la primera intervención. La madre creía, por un dato que después comprobó erróneo, que su hija estaba en Monte Grande. Pero no. El hilo seguía hasta la Capital, hasta la villa de los paraguayos.

Debido a que la fuga de la adolescente ya estaba judicializada, los responsables de la Agencia Territorial de Acceso a la Justicia hicieron la derivación al Registro Nacional de chicos extraviados del Ministerio de Seguridad y se limitaron a explicarle el método de búsqueda de su hija.

Un día después, la joven apareció. Justina lo contó por teléfono, desde la oficina de Interpol, a Berenice Timpanaro, la responsable del ATAJO de la Villa 21, quien la llamó para interiorizarse de la situación y seguir de cerca el caso. Su voz temblaba todavía. La torre de Interama, en silencio y quieta como el cielo, parecía satisfecha con el desenlace de la historia. Nadie sacó todavía las fotografías de la adolescente pegadas con engrudo sobre los árboles, las paredes y los postes de luz, porque en la Villa 21 no hay semáforos.