08 de febrero de 2023
08 de febrero de 2023 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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Historias de ATAJO: Un caso de violencia contra la mujer en la villa 1-11-14
Tan simple y tan difícil como pedir ayuda
23 años de edad, 8 de matrimonio, y un amor de pareja que se convirtió en todo lo contrario. El rol articulador del ATAJO de la villa del Bajo Flores.

Es la tarde de un viernes de septiembre en la villa 1-11-14. A la oficina del Programa ATAJO, sobre la avenida Riestra, en la manzana 26, empiezan a llegar mujeres, que un rato después darán forma a un espacio todavía incipiente, en plena formación, surgido sin forzamientos sino por la sola necesidad de juntarse, compartir experiencias, y abordarlas colectivamente.

El espacio semanal de mujeres no es un taller de género, ni lo quiere ser. No tiene objetivos académicos o curriculares, sino de escucha. No se propone discurrir sobre contenidos teóricos, sino subir grupalmente la autoestima de esas mujeres tan violentadas por la sociedad patriarcal, y cuya angustia existencial vuelve distantes y ajenos los dispositivos estatales de intervención en problemáticas vitales para la condición humana.

Una mujer se destaca del resto en las charlas grupales. Su nivel de protagonismo y su iniciativa fortalecen el espacio, creado a partir de su caso y el compromiso que su exposición generó en el equipo del ATAJO. Cuando sale de los encuentros semanales de mujeres en la estrecha pero amigable Agencia, va para su clase de tecnicatura superior en gastronomía, estudio que ya le redituó algunos trabajos.

Ese estudio y el progreso laboral, sin dudas son el producto de haber superado la situación extrema de violencia de la que era víctima en su hogar, por parte de quien era su esposo, y la liberación en la subjetividad que se produjo cuando pudo resolver su traumática relación de pareja.

Beatriz

Beatriz, se llama. Nacida en Bolivia en 1991, a los 15 de edad ya estaba casada con Jorge. Su vida en común en ese país duró poco. Apenas unos meses después de la boda, la flamante pareja viajó a Buenos Aires y se instaló en la villa del Bajo Flores, frente a la cancha de San Lorenzo, a la espalda de la gran ciudad.

Beatriz tiene dos hijos, pero ya no tiene a Jorge en casa. Desde que se animó a acercarse a ATAJO y narrar allí las desventuras que vivía en su hogar, los golpes y maltratos, la humillación hasta el límite de la náusea, su vida cambió: la múltiple articulación estatal que inició el Programa de Acceso a la Justicia del MPF, logró resolver su extrema situación. Pero hasta alcanzar ese acercamiento, el camino recorrido fue complejo, hostil y demasiado escarpado.

Jorge era “celoso y controlador”, dice Beatriz. Durante los primeros meses del matrimonio, la maltrataba sólo verbalmente, y siempre en privado, cuando estaban solos y no había testigos. Pero al llegar a Buenos Aires, la situación empeoró: golpes, insultos, consumo de alcohol, agresividad creciente, control sobre su celular, sus cuentas de mail y Facebook, relaciones sexuales a la fuerza, y hasta imposición sobre la ropa que Beatriz podía usar.

Su primera respuesta en singular, su reacción más inmediata, fue acercarse hasta el Centro de Salud y Acción Comunitaria de su barrio, que es una sala médica de referencia para todos los vecinos. Tras la intervención del CESAC Nº 40, de la calle Bonorino al 1700, y por consejo de su equipo profesional, Beatriz estuvo ocho meses en un hogar para mujeres víctimas de violencia en Temperley.

La soledad, cierto extrañamiento, el alejamiento de su círculo más íntimo y de su rutina cotidiana, la llevaron a tomar una determinación: volver a su domicilio y tratar de reencausar la vida en pareja. Terminó siendo una decisión desacertada. Creía que si no regresaba podía hasta perder la tenencia de sus hijas. Al principio se mostró contenta con la decisión y hasta retomó sus estudios secundarios. Para Jorge, en cambio, esa apertura de Beatriz fue demasiado: como una restauración monárquica, los golpes, los celos y los maltratos regresaron con más fuerza.

ATAJO

Cuando ATAJO recibió la demanda de Beatriz e ingresó formalmente su caso, la primera medida dispuesta por su equipo multidisciplinario fue hacer una derivación responsable a la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema, con el fin de formalizar la denuncia por violencia de género. La llegada de Beatriz a ATAJO y la posterior intervención judicial, se produjeron no en cualquier momento, sino cuando su madre viajó desde Bolivia y la acompañó en su casa por unas semanas.

“Es el momento de actuar”, pensó Beatriz. Tenía razón. La presencia de su madre alivió su soledad, calmó su angustia; su madre la contenía y sobre todo, le evitaba nuevas situaciones extremas de violencia con Jorge.

En la OVD le aconsejaron abandonar el hogar, por el alto riesgo que esa convivencia revestía para su integridad, pero Beatriz desoyó el consejo. La solución propuesta por la oficina de la Corte ya la había ensayado en Temperley y no había resultado satisfactoria. Su único deseo era estar en su casa, tranquila, junto a sus hijas. ¿Tanto pedía?

ATAJO se contactó con el juzgado civil interviniente, para acompañar a Beatriz durante todo el proceso e informarle sobre cada medida a su favor dictada por el juez: asignación de un abogado defensor, orden de exclusión, etc.

Luego, el equipo de ATAJO ofició al Proyecto de Asesoramiento y Patrocinio para Víctimas de Violencia de Género, dependiente de la Defensoría General de la Nación, para proveerle a Beatriz de un especialista en su problemática, que pudiera defenderla con más eficacia.

Pero la situación no mejoraba. Hacer cumplir la exclusión ordenada por el magistrado no era tarea sencilla. La distancia entre la ley y la realidad se volvió literal en su caso: nadie en la comisaría hacía nada por efectivizar la orden. La resolución judicial a su favor allí, Beatriz aquí, y en el medio el desamparo, el terror. Sin una presión policial, Jorge seguiría yendo a la casa de la pareja, y los golpes aumentarían.

El Programa ATAJO debió comunicarse con el comisario de la seccional 38ª, que tiene competencia en el hecho, para que concrete la medida, dado que en un principio la comisaría no había querido ni siquiera recibir la disposición judicial.

Alivio

Cuando Jorge, finalmente, abandonó la casa, Beatriz se sintió liberada. Comenzó entonces a ir a la oficina del ATAJO, aunque sin tanta urgencia. Buscó momentos de intimidad y confianza para relatar ante su equipo multidisciplinario, situaciones extremas de violencia sexual.

Encontró en las responsables del ATAJO, y en la empatía que alcanzó con su coordinador local, Ignacio Mendizábal, la compañía ideal donde poder canalizar sus desventuras y tantos años de sufrimiento y soledad. La confianza, la sinceridad en los consejos, y la contención resultaron clave para su progreso.

Una vez superada la situación más compleja en su hogar, Beatriz tuvo tiempo para pensar en sí misma y proyectarse en un plazo mucho más largo que la perentoria inmediatez de golpes, insultos y riesgo concreto de vida. A poco de conversar con Rocío Brandariz y Lisa Blanco Escobar, de ATAJO, soltó el nudo de su mayor preocupación: desde las escenas de golpes, los intentos de homicidio, las marcas en su piel y en su subjetividad, nunca se había realizado ningún control médico, quizás por miedo a ser sancionada. O por culpa: su madre, que vino desde Bolivia a acompañarla, tuvo Mal de Chagas, desde entonces arrastra problemas pulmonares y cuando regrese a su país Beatriz sabe perfectamente que no irá al médico. El olvido como un mandato.

El ATAJO se ocupó de acompañar a Beatriz al CESAC del barrio. Allí obtuvo un turno ginecológico, en el marco de un programa sanitario para el abordaje clínico de situaciones de violencia de género, abusos, etc. Y también una consulta con un médico que se ocuparía de la salud deteriorada de su madre. En ambos casos, la atención la dejó por demás conforme.

La vida ya no se ensaña con Beatriz. No es poco. Sus 23 años de edad volvieron a resultarle jóvenes, su condición de mujer ya no la sitúa en el lugar de víctima, de la eterna culpa y la imposibilidad. Una puerta que creía cerrada bajo siete llaves se abrió. Del otro lado está el futuro. Si una mujer se sabe consciente de sus derechos, esta guitarra va a llorar.