19 de julio de 2024
19 de julio de 2024 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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Continúa el juicio por los crímenes de la banda de ultraderecha
Juicio CNU: “Esto se arregla por las buenas o por las armas”
Así le habría dicho Gustavo Demarchi al rector de la Universidad Católica luego de que se negó a viajar a La Plata para firmar la unificación con la Universidad Provincial, de acuerdo al relato de una testigo de la reunión. El accionar de una patota en 1975 y el clima en la Universidad, también en la audiencia.

El 9 de mayo de 1975, Selva Navarro acudió a la Universidad Católica –que funcionaba en el actual Pasaje Catedral de Mar del Plata- a rendir un examen. Cuando llegó, se encontró con la puerta entreabierta y con que no había estudiantes. Allí, una compañera le contó que esa madrugada habían secuestrado a María del Carmen Maggi –decana de Humanidades- y le recomendó que no entrara. Pero ella ingresó igual: sólo se escuchaba el ruido de sus tacos al caminar. A partir del allí, relató en el juicio a integrantes de la CNU, el periplo para conocer qué había pasado con “Coca”, quien fuera su profesora.

Desde un salón se asomó el decano  Oliver, quien le expresó  su preocupación, el miedo que tenía y la desesperación por no saber qué hacer. “Estamos atados de pies, de manos y con los ojos vendados”, contó Selva que le dijo el decano. “Me lo estaba diciendo un abogado, con un cargo en la Justicia en Dolores”, aclaró ella. “Si ellos no sabían qué hacer, estábamos desvalidos, qué nos quedaba. No  había nada donde recurrir”, añadió.

Selva decidió ir a ver a Josué Catuogno, entonces rector de la Universidad Provincial a quien conocía solo de vista.

- Doctor, vengo para que me ayude.

- Usted dirá.

- Vengo por la decana Maggi.

“Catuogno se quedó mudo, no contestaba nada”, relató Selva. Lo repitió dos veces más. Entonces le dijo que no la conocía, a lo que la mujer le retrucó y le pidió ayuda. “Se puso muy mal, no hablaba, gritaba, me decía ‘no me explico por qué vino a mi’”, contó.

Ella se fue prometiendo conseguir una cantidad de firmas de alumnos que la gestión de Catuogno necesitaba para avanzar en la unificación de la Universidad Provincial con la Católica y lograr luego la nacionalización. Pero cuando regresó por la tarde, el rector le dijo: “Señora créame que lo lamento pero no la puedo ayudar”.

Selva también se reunió con Eduardo Cincotta, quien era secretario general de la Provincial, y fue a verlo a Monseñor Sirotti, entonces secretario del Obispo Pironio, a quien le contó que Catuogno esperaba que “alguien de la curia” fuera a verlo, lo que despertó su enojo: “Han ido muy lejos, es un insolente”, habría dicho. También participó de una reunión con integrantes de la Iglesia, y hasta acudieron a ver al intendente de turno.

A Navarro la convocaron para acompañar al rector de la Universidad Católica, Hugo Grimberg, a otra reunión con Cincotta en el Rectorado. Al llegar, también estaban Catuogo y el imputado Gustavo Demarchi, entonces coordinador docente, quien le negó el saludo a Grimberg. “Fue todo muy álgido en la reunión”, rememoró. Habló de una pila de expedientes presuntamente penales puestos sobre una silla y contó que en un momento se apagó la luz.

Tras ello, Demarchi le dijo a Grimberg que debían acompañarlos a La Plata, que los esperarían para firmar el traspaso de la Universidad Católica a la Provincial. En ese momento sonó el teléfono del Rectorado, le avisaron a Selva que era para ella: habían acordado con hombres de la Universidad Católica que si no estaban de regreso a determinada hora, llamarían. Al teléfono sólo dijo: “Todo bien, todo bien, ya nos vamos”. Levantó el maletín de Grimberg y le dijo al rector que se marcharían.

Ante ello, Demarchi los despidió: “Bueno, esto se arregla por las buenas o por las armas”.

La testigo conoció a Maggi como alumna e incluso concurría a su casa a tomar clases particulares de Lógica. El clima en las facultades, dijo, era “un poco caótico”. Y refirió que solían entrar “bandas de manifestantes con palos, a veces armados también”. Las aulas se abrían a patadas y se desalojaban. Le habían comentado –dijo- que eran personas llevadas desde el barrio Belgrano a quienes les pagaban 20 pesos. ¿Quiénes los llevaban? “CNU los traía”, respondió ante la pregunta del fiscal. En una de esas entradas uno de ellos gritaba: “¡Queremos las cabezas de los jefes montoneros!”.

“Siempre voy a sentir los gemidos de tristeza de la madre de Coca. Los padres murieron luego de pena y angustia, porque no termina todo con el exterminio de las personas que secuestraban”, relató ante el Tribunal y luego habló de la relación afín de la decana de Humanidades con el Obispo Pironio a quien –dijo- “lo perseguían 25 horas del día”. Antes de levantarse, agradeció a los jueces, “en nombre de la familia de Maggi”.

“Era vox pópuli que había que salir a matar zurdos"

Alicia Ruszkowski era ayudante graduada cuando quedó cesante en abril de 1975. El clima en esa época, relató en el juicio a integrantes de la CNU, era de violencia en Mar del Plata, y en particular en la Universidad. “Grupos de derecha estaban asaltando, de alguna manera, la universidad”, señaló.

La testigo estaba casada con Enrique Pecoraro, quien era docente en Humanidades y Arquitectura y participaba en la Universidad Católica, trabajando “mano a mano” con María del Carmen Maggi por la fusión y nacionalización de las casas de estudio.

Previo a la denominada noche del 5x1, contó que en su casa recibían amenazas telefónicas, y que luego de esa trágica madrugada, se fueron de la vivienda donde estaban. Incluso Pecoraro debió abandonar la ciudad en el baúl de un auto porque supieron que estaba en una lista de militantes que irían a buscar. “Era vox populi en Mar del Plata que había que salir a matar zurdos”, sostuvo la testigo.

Y así fue: ella se fue por cuatro días a Buenos Aires, dejando a Ana, su hija de apenas cinco meses con sus padres, y al regresar la señora que vivía en la planta baja de su casa le contó que había ido una patota con armas, que habían intentado subir por un espacio interno. “Fue un hecho muy violento, toda nuestra vida peligraba”, señaló. Supieron allí que debían irse de Mar del Plata porque “nos pisaban los talones”.

En 1979 su esposo fue asesinado a balazos cuando fue a pagar el seguro de su auto por integrantes del Batallón 601. Ella entonces regresó a Mar del Plata con sus hijos de 1, 3 y 5 años. Pero aquí también fue perseguida, secuestrada y llevada a la ESMA.

Consultada por el Ministerio Público Fiscal sobre una posible vinculación entre los sucesos de 1975 y 1979, Ruszkowski apuntó que “algunos integrantes de grupos de derecha se integraron tras el Golpe al Ejército”. “Eduardo Cincotta, quien firma nuestras cesantías en la Universidad, fue luego personal civil que actúa operativamente con el Ejército”, añadió.

La testigo también se refirió a la noche del “5x1”, cuando fueron asesinados Enrique Pacho Elizagaray, su tío y primos Videla, y el médico Bernardo Goldemberg. “La CNU rodea la casa, lo acribillan a Pacho en el techo cuando intentó escapar, ante la ausencia de fueras de seguridad con zona liberada”, sostuvo.

A Maggi la recordó como “una persona muy ejemplar, con convicciones maravillosas, trabajó por la gratuidad de la enseñanza en la Universidad Católica, una mujer joven, con una gran coherencia de vida”. “Se dice que la mataron para darle una lección al Obispo Pironio, pero creo que también por su defensa de la Universidad”, añadió.

Ruszkowski inscribió los crímenes juzgados dentro del terrorismo de Estado. “Son grupos paraestatales con protección y amparo desde el Estado, algunos incorporados en el sistema de represión y otros detenidos luego como delincuentes comunes”, explicó. “Las Tres A y los grupos de derecha fueron un proyecto político anterior al Golpe de Estado”, sumó luego.

Cuando el imputado José Luis Granel quiso preguntar, el presidente del Tribunal le dijo que lo haga a través de su codefensor, pero enseguida desistió del interrogatorio. Demarchi intentó lo mismo: “Voy a preguntar yo”, le dijo al Tribunal e interpuso una reposición. Tras una deliberación, los magistrados no le dieron lugar y debió hacer las preguntas su codefensor, César Claudio Benvenuto.

"Para mí, la dictadura empezó antes del 24 de marzo"

Tenía apenas 9 años Fabián Muñoz cuando una madrugada escuchó golpear las puertas y ventanas de su casa situada en Quintaba casi Olazábal. Cerca de una decena de personas ingresaron violentamente. Mientras algunos revisaron, rompieron y robaron, otros lo tenían a él y a sus padres. Lo buscaban a su hermano, un adolescente que militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), pero también se llevaron el diario íntimo y fotos de su hermana, actualmente desaparecida. Ninguno de los dos estaba allí esa noche.

Identificó a un hombre alto, rubio, de rulitos, a quien no llegó a verle la cara. Parecía el jefe del operativo clandestino y lo llamaban “Comisionado”. También a un sujeto con la cara pálida y redonda: su hermano, años después, le dijo que esa persona lo había corrido a los tiros y lo llamaban “cara de luna”. El hombre que lo tenía apretado contra el piso con su zapato tenía bigotes, y una foto en un diario –recién en 2008- le permitió conocer quién era: Eduardo Cincotta (quien falleció estando detenido por crímenes de lesa humanidad). Otro de ellos, contó, “se golpeaba el pecho y decía: nosotros somos los verdaderos peronistas”.

Muñoz relató que cuando estaba tirado en el piso logró ver por debajo de la puerta un automóvil subido a la trotadora con una luz policial en su techo.

“Para mi la dictadura no empezó el 24 de marzo de 1976. Pensar en 1975 y 1977 era lo mismo”, sostuvo.