31 de octubre de 2020
31 de octubre de 2020 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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El juicio oral y público por la asociación ilícita que actuó antes del golpe de Estado
Bahía Blanca: nuevas declaraciones testimoniales sobre el contexto de persecución política y la actuación de la Triple A 
Este jueves y viernes continúan las audiencias. Las declaraciones recibidas en las últimas dos semanas de debate oral y los detalles de la represión dirigida desde instituciones locales.

El juicio oral y público por la actuación de la Triple A de Bahía Blanca continuará este jueves y viernes con la declaración de testigos correspondientes a los casos que tuvieron como víctimas a Fernando Antonio Alduvino, Rodolfo Celso Gini y Víctor Oliva Troncoso.

El debate, que puede seguirse en vivo por el canal de Youtube de la Universidad Nacional del Sur, tiene como imputados a Juan Carlos Curzio, Osvaldo Omar Pallero, Héctor Ángel Forcelli y Raúl Roberto Aceituno, a quienes se acusa de haber pertenecido a la organización criminal y –en el caso de Aceituno– de ser uno de los autores del asesinato del estudiante y militante estudiantil David Hover “Watu” Cilleruelo.

En la causa intervienen el fiscal general Miguel Ángel Palazzani, el fiscal ad hoc José Alberto Nebbia y el auxiliar fiscal Pablo Vicente Fermento. Como partes querellantes actúan Hijos Bahía Blanca, la familia de la víctima Luis Jesús “Negrito” García y la Universidad Nacional del Sur.

En las últimas dos semanas, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Bahía Blanca recibió testimonios de allegados a las víctimas y de testigos que dieron cuenta de los hechos en particular y del contexto de persecución política en la etapa previa al Golpe de Estado de 1976, de acuerdo con lo informado por la Unidad Fiscal de Derechos Humanos de esa ciudad.

“Me preguntaban si era zurdo”

El martes 15 se recibió el testimonio de un empleado del Rectorado de la Universidad del Sur, quien declaró haber sido agredido por la patota que integraban los acusados: “Me preguntaban si era zurdo, qué actividad hacía. Me pusieron una 45 en la boca, me golpeaban contra la pared. Duró como media hora… y ya después quedé inconsciente”. Entre los agresores identificó a Jorge Argibay y a uno de los hermanos Chisu. “Se hablaba mucho del caso de Ponce, que era gente que estaba ahí en la CGT, que ni conocíamos pero que lo custodiaban a [el rector] Remus Tetu”, comentó, y refirió el caso de un compañero de trabajo con el que realizaron un simulacro de fusilamiento en el cementerio, hecho también recordado por otros testigos del juicio.

En esa jornada también declaró un compañero de estudio de las víctimas Julio García, José Surace y Gabriel Ganuza, que había acordado reunirse a estudiar con ellos el día siguiente al secuestro. Refirió que una persona desconocida le dijo que sus compañeros habían sido llevados. El testigo contó que entonces corrió a su casa, y luego fue a comprar un pasaje para irse de la ciudad. Describió además el clima de terror que se vivía en la universidad, por la presencia de los matones del diputado nacional y secretario de la CGT local, Raúl Ponce, a los que se veía haciendo ostentación de armas.

Por el caso del chileno Víctor Oliva declaró el pastor metodista Guido Bello, quien conoció a la víctima en Chile y, como Oliva, también llegó al país a raíz del clima de persecución vivido con la dictadura de Augusto Pinochet. Bello tuvo la tarea de identificar los restos de Oliva, secuestrado y asesinado el 2 de julio de 1975: “Efectivamente era Víctor, que estaba desnudo, tenía muchas señales de balas en su cuerpo y el rostro contraído como en un grito desesperado… quedé muy desolado por la manera como lo habían asesinado”, recordó.

Contó que en 1974 –cuando ya se vivía un clima amenazante– Víctor Oliva había participado como orador en un acto de solidaridad con el pueblo chileno, en la Universidad del Sur. Para el testigo, el asesinato de la víctima fue devastador, y determinó a las personas que integraban el entorno de Oliva a irse de la ciudad.

La jornada del 15 de septiembre concluyó con la declaración de un alumno del profesor de secundaria Rodolfo Celso Gini, secuestrado y asesinado el 2 de diciembre de 1974 en la localidad de Huanguelén. Aquella madrugada el testigo escuchó la ráfaga de ametralladora con que consumaron el homicidio. El testigo habló además sobre su secuestro, concretado en Huanguelén en octubre de 1976, cuando el pueblo fue ocupado por personal del Ejército. Tras transitar por distintas sedes militares, fue torturado en “La Escuelita” de Bahía Blanca: “Los interrogatorios versaban en torno a la personalidad de Rodolfo Gini, qué relación tenía con él yo, si era amigo, si era alumno”, recordó.

Según contó el testigo, en aquella oportunidad también fueron secuestrados en Huanguelén, entre otros vecinos, la viuda y el hermano de Rodolfo Gini. “A su velorio asistimos muy poca gente, porque desde el mismo momento en que lo asesinaron en Huanguelén cundió el terror”, relató. Entre los pocos asistentes, estaban todos los ex alumnos de quinto año que, a pesar de haber terminado las clases, vistieron sus guardapolvos para despedir a su profesor.

“Un monstruo que se llamaba Rodolfo Ponce”

En la jornada del miércoles, prestó testimonio la periodista y docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, Azucena Racosta.

Militante en su adolescencia en la unidad básica del barrio Villa Miramar, en la Juventud Peronista y en la Tendencia Revolucionaria, la testigo describió la escalada de violencia en la ciudad contra los grupos políticos de izquierda, que entre los años ’73 y ’74 se consolidó en la Triple A bahiense: “Ya no íbamos al edificio recuperado de Mitre y Rodríguez porque allí había un monstruo que se llamaba Rodolfo Ponce, secretario general –supuestamente representante nuestro, de los trabajadores– que lideró la Triple A”.

Racosta identificó a tres de los imputados en la ejecución de distintos actos de agresión por parte de la patota. A Héctor Forcelli lo recordó en una reunión en la sede de la Asociación de Empleados de Comercio en 1973, que derivó en un violento ataque hacia el abogado Néstor Bueno y sus compañeros de militancia: “A partir de ahí comenzamos a ser infiltrados y plausibles de ser exterminados”, recordó. Un año más tarde, Bueno sufrió la colocación de sendas bombas en su domicilio y su estudio jurídico, y al día siguiente fue detenido por la policía, por motivos políticos: “Ahí empezamos a ver que había una connivencia con las fuerzas de seguridad”, indicó.

Racosta dijo que volvió a ver a Forcelli participando en las agresiones de la patota en una ocasión en que fue perseguida por el grupo, razón por la cual -sostuvo- debió esconderse en una librería. También reconoció a Juan Carlos Curzio y a Raúl Aceituno entre las personas que la persiguieron y efectuaron disparos con armas de fuego desde la un Fiat 125 color azul, conocido como la “fiambrera”, en un episodio ocurrido hacia fines de 1974. Refugiada junto a compañeros de militancia en el departamento de un amigo, la patota montó guardia armada hasta el día siguiente: “La patota de Ponce se había apropiado de la ciudad, no había lugar para nosotros en ninguna parte”, rememoró Racosta.

El 16 de septiembre también declaró una testigo presencial del secuestro de Víctor Oliva Troncoso, concretado a plena luz del día en el centro de la ciudad. La testigo era hija del matrimonio casero de la iglesia Metodista, donde la víctima acudía asiduamente. Aquel día, la declarante observó cómo Oliva era abordado por dos personas de civil y armadas con ametralladoras que bajaron de una camioneta blanca con cabina, mientras un tercero aguardaba cerca del vehículo, ante la presencia cómplice de un patrullero que interrumpía el tránsito. Contó además que, luego del asesinato de Oliva, había personas en vehículos que vigilaban la iglesia. Después de eso, tenía muchísimo miedo de caminar por la calle, y tenía miedo cuando veía los patrulleros. Me marcó, se acabó mi infancia, porque nunca me imaginé que podía haber gente tan cruel que hiciera eso”, explicó, y agregó: “A pesar de que tenía 11 años, había cosas que yo ya entendía y que me marcaron para toda la vida, tenía que ver con los ideales que tenían… Ideales de justicia, de igualdad, de solidaridad, de valorización del trabajo… Eran personas con mucha sensibilidad”.

Otro de los testigos que declaró en el debate fue un compañero de estudios de los estudiantes de geología Gabriel Ganuza, Julio García y José Surace. El declarante señaló que luego del secuestro dio avisó a las familias y las acompañó en las primeras tareas de búsqueda.

El testigo relató que el día anterior a aquel suceso se encontraba con García y Surace dentro del edificio central de la universidad, cuando los tres fueron abordados por una persona y llevados a una habitación en donde los amenazaron con una pistola 45, mientras les pedían documentos y direcciones.

Al igual que otros testigos del juicio, se refirió a la presencia en la universidad de la gente que Rodolfo Ponce le cedió a Remus Tetu para mantener controlados a los centros de estudiantes, y a cómo hacían demostración de armas en lugares públicos sin que nadie tomara cartas en el asunto. Dijo que todo esto era justificado por los medios de comunicación: “Encontrar cadáveres fusilados tirados al costado de una ruta, en cualquier sociedad tiene que generar preguntas... En ese momento era como que ocurrían pero no ocurrían, no había una manifestación de la comunicación de decir ‘esto no puede ser, hay que pararlo’. Era una normalidad”.

“En ese momento la universidad estaba tomada”

En tanto, el 17 de septiembre testimonió un estudiante de agronomía de la UNS, militante de la Franja Morada, que en octubre de 1975 fue retirado de una clase y conducido por un grupo armado, en un vehículo de la universidad, al edificio del Rectorado, en donde fue interrogado y torturado: “Conmigo había dos que estaban sujetándome, hasta que en un momento me agarran de los brazos y aparece esta persona y me pone la 45 en la cabeza, tira para atrás el percutor y hace como un simulacro de matarme”. Luego, el grupo fue en busca de otro compañero de militancia, al que encerraron en la misma habitación. Más tarde, ambas víctimas fueron entregadas a la policía federal, bajo la advertencia de uno de los custodios de Tetu de que “tenían suerte de que no estaba Ponce en la ciudad”.

“Literalmente estaba tomada la universidad en ese momento. Gente paseándose por las escalinatas de la UNS en Alem, entre ellos el señor Argibay”, describió el testigo.

Dijo haber visto a los matones en un vehículo Dodge polara y en la “fiambrera” (el Fiat 125 azul) y recordó la participación de un Dodge en un tiroteo al comedor universitario que él mismo presenció.

Contó que por entonces era conocida la pertenencia de Curzio al grupo armado –a quien se lo identificaba por correr en motociclismo speedway– y su vinculación directa con Ponce. “Era archicomentado y nadie se encargaba de desmentirlo”, indicó. También recordó la presencia de los imputados Héctor Forcelli y Raúl Aceituno entre los matones de Tetu, de acuerdo con los comentarios que circulaban, junto a Argibay padre e hijo.

“Bahía Blanca era una ciudad sitiada. A la noche no se podía andar”, agregó el testigo, y continuó: “Se sentían amos y señores, dueños de la ciudad. Y había un poder que los cubría y les permitía hacer eso”.

Aquel día se recibió la declaración de la primera testigo por el caso de María Isabel Mendivil, quien fue secuestrada en la madrugada del 21 de marzo de 1975 en su departamento, mientras su hija de diez años dormía, asesinada horas más tarde y abandonada al costado de la ruta 35 con el rostro desfigurado por los numerosos impactos de armas de fuego. Mendivil –quien transitaba un incipiente embarazo– fue secuestrada la misma madrugada en que fue asesinado el sacerdote salesiano Carlos Dorñak, y secuestrado Fernando Alduvino. Este último apareció muerto dos días más tarde junto a la misma ruta.

La testigo –que vivía en el mismo edificio que Mendivil, de quien era amiga– fue la última persona en verla con vida, y cuidó de su hija hasta que fue entregada a sus familiares.

“El cuerpo tenía quemaduras de cigarrillo y el rostro desfigurado por los disparos en el rostro. Ella era muy bonita… creo que hasta por venganza machista, porque estaba desfigurada, escuché”, contó.

Si bien se fue inmediatamente de la ciudad por el impacto de lo sucedido, la testigo narró que debió regresar porque fue citada a declarar en sede policial en relación al asesinato, oportunidad en la que –relató– la presionaron para que declarara que había sido un crimen pasional.

Para la víctima, no hay dudas de que el hecho lo cometió la Triple A: “No había otras agrupaciones que pudieran hacer eso”, indicó.

“El recuerdo de Marisa y su hija, lo llevo siempre. Fue catastrófico, fue un escándalo. De Marisa puedo dar la mejor de las imágenes, fue una mujer maravillosa. Fue muy injusta su muerte y la cobardía con la que se hizo”.

El tercer testigo en aquella jornada fue otro alumno secundario del profesor Rodolfo Gini, quien dio cuenta de las pintadas que dejaron los captores en las paredes y los muebles de la casa de la víctima, con las siglas “AAA”. El testigo fue contratado para pintar nuevamente la casa. También él describió la persecución que padeció la familia y los alumnos de Gini luego de su asesinato, la que se extendió a su propia familia (su hermana y su cuñado fueron secuestrados y trasladados a “La Escuelita” de Bahía Blanca) y lo determinó a exiliarse a Brasil.

“Que nos calláramos o nos quemaban”

El 24 de septiembre el tribunal recibió declaración a un estudiante de la Universidad Tecnológica Nacional y por entonces dirigente estudiantil, que describió el clima de terror que vivían en esa institución con la designación del decano Emilio Garófoli y la incorporación de la patota de Ponce: “La comandaba el Moncho Argibay con el hijo, y como figuras preponderantes estaba [Roberto] Sañudo… detrás de él se ubicaba Aceituno y los demás secuaces”.

Dijo que estaba excluida cualquier posibilidad de utilizar las aulas para realizar asambleas, por lo cual los estudiantes se reunían en la planta baja: “Los matones de la patota sindical, se ubicaban a espaldas nuestras, armados, amenazándonos en voz baja que nos calláramos o nos quemaban”.

El testigo también vinculó con el grupo a Néstor Luis Montezanti, recientemente procesado como miembro de la asociación ilícita: “A Garófoli y a Méndez los conocíamos y no los creíamos con la capacidad política y combativa de haber traído matones… Eran mediocres. Ahí había otra mano que llevaba adelante todo y que no aparecía, con el tiempo pudimos saber que el que llevaba la voz cantante era el doctor Montezanti”.

De acuerdo con la declaración de este testigo, Montezanti fue reconocido por otros alumnos como aquella persona de traje que él mismo observó parada junto a los matones, participando de los ademanes de provocación que realizaban hacia el estudiantado, en la ocasión en que tomaron por las armas el edificio. Se trata del episodio por el que Montezanti fue procesado por el delito de intimidación pública.

Contó además que -por un ordenanza de la facultad-, sabían que, los días en que la patota llegaba más tarde de lo habitual, por la madrugada se escucharían detonaciones en la ciudad: “Los hechos se repetían, ya sabíamos lo que iba a suceder”. “La idea que teníamos era que venían con las bombas preparadas, traían todo a la universidad y de allí salían para la colocación", completó.

Otro de los testigos de aquella jornada –militante del PRT– trazó una línea comunicante entre las detenciones ejecutadas por la policía y los secuestros y asesinatos de Luis Jesús “Negrito” García y Rodolfo Celso Gini, hechos ejecutados hacia fines de 1974.

Dijo que un compañero de militancia detenido en los días previos al asesinato de García, le contó que en el domicilio en el que había sido privado de la libertad habían olvidado un documento de identidad la víctima, secuestrada y asesinada el 22 de septiembre de 1974. En el funeral –evento muy concurrido por la militancia– ya se identificaba a los matones de Ponce como los asesinos, según explicó el testigo.

El declarante contó que alrededor de veinte días más tarde fue detenido y severamente torturado en instalaciones de la policía provincial, mientras los torturadores le advertían que iban a darle “agua, agua, agua” como hicieron con el “Negrito” García. Perplejo por la expresión, fueron más explícitos con él: “AAA”.

Ya en la cárcel, se encontró con otros compañeros detenidos por aquellos, varios de los cuales eran –como el testigo– oriundos de Huanguelén, y habían sido alumnos de Carlos Gini. A partir del interrogatorio bajo torturas sufrido por uno de ellos, pudieron advertir que las fuerzas represivas estaban interesadas en Gini, a quién enviaron una comunicación para que se pusiera a resguardo. Como se refirió, el 2 de diciembre de aquel año, Gini fue secuestrado y asesinado en aquella localidad.

También declaró como testigo un por entonces estudiante de Agronomía y compañero de militancia del “Negrito” García, detenido en los días posteriores al asesinato de la víctima, junto a su hermano y su esposa que transitaba un embarazo de ocho meses.

El testigo describió distintos episodios de la escalada de violencia que desembocó en el asesinato de García: “Se vivía una época de terror. Uno miraba siempre detrás de las espaldas, si estaban estos coches que hacían normalmente ostentación de las armas, con escopetas, porque asomaban por la ventanilla, una total impunidad. Era territorio libre, sin policías, no tenías a nadie”. Asimismo contó cómo aquel año fue abordado por la patota, mientras volanteaba en motocicleta con un compañero. Entre los agresores reconoció a Sañudo, quien lo amenazó con un arma de fuego y le propinó un culatazo. Por entonces ya identificaban a la patota con la CGT, en cuya sede veían estacionado el vehículo que utilizaba aquella organización.

También estuvo presente en el episodio en el Concejo Deliberante –relatado por numerosos testigos del juicio– en el que una manifestación fue atacada por integrantes del grupo armado, que efectuó disparos desde dos vehículos. El testigo reconoció, entre ellos, el famoso Dodge polara verde.

El mismo testigo describió la actividad de inteligencia que desde la CGT se realizaba sobre los militantes y explicó que un empleado de vialidad le avisó que corría peligro, ya que había visto fotos en el edificio de la CGT en las que el declarante salía con su motocicleta.

Pistola en la boca

El 25 de septiembre prestó testimonio en primer lugar  un entonces militante de la unidad básica de Ingeniero White de la Juventud Peronista, quien dio cuenta de la participación de Osvaldo Pallero, acusado del juicio, en una golpiza a un militante del Partido Comunista durante un acto realizado en la plaza Rivadavia, frente a la Municipalidad, el 12 de junio de 1974.

Otro trestigo, al momento de los hechos director del Departamento de Agronomía de la Universidad del Sur, narró que el 3 de octubre de 1974 recibió un telegrama con una amenaza de muerte firmada por las tres A, por lo cual decidió irse de la ciudad al campo de un amigo, y posteriormente radicarse en Villa Regina. La persecución en su contra no cesó: contó que en abril de 1975 colocaron una bomba en la casa de sus padres, en Bahía Blanca. Un año más tarde, hacia agosto de 1976, un grupo de tareas lo buscó en la casa de su padre –a quien pusieron en la bañera con una pistola en la boca para que dijera dónde estaba el testigo– y en la de otros familiares. Para entonces, el testigo figuraba como prófugo en la causa federal seguida contra los profesores de la Universidad Nacional del Sur, en cuyo marco se concretó el secuestro de numerosos docentes universitarios.