22 de agosto de 2019
22 de agosto de 2019 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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Se juzga a 42 imputados por delitos de lesa humanidad en perjuicio de 272 víctimas
Megajuicio Subzona 15: reconstruir historias, 42 años después
Los cuatro hijos del matrimonio de Cristina Fernández y Roberto Colomer vivenciaron los secuestros en la casa donde dormían en Mar del Plata. Tenían entre un año y medio y siete: desde entonces cargan con el dolor de las ausencias. Esa mañana fría de mayo de 1977 también se llevaron a su tío Enrique, que de casualidad pasaba por la ciudad. Las gestiones llegaron hasta Emilio Massera, dado que su abuelo retirado como Capitán de Fragata, había sido su tutor en la Escuela de Mécanica de la Armada. También se abordó en el juicio el caso de Dolores Muñiz, estudiante de derecho que fue arrancada de su casa y nunca más se supo de ella.

Cuarenta y dos años después de los secuestros y desapariciones de Cristina Fernández López, su esposo Roberto Colomer y su hermano Enrique Colomer, los casos llegaron a juicio en el marco de la megacausa Subzona 15, que se inició hace un año en el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata. Los testimonios de sus familiares -que llegaron a la ciudad donde les fueron arrebataron a sus padres, hermana, compañero de vida-, estuvieron impregnados por “un dolor irreparable” y la necesidad de sanar a través de una sentencia que encuentre responsables de sus vidas incompletas.

Están siendo juzgados 42 miembros de las tres Fuerzas Armadas, la Prefectura Naval Argentina y la Policía de la Provincia de Buenos Aires por hechos cometidos en centros clandestinos de detención en la Subzona 15, en perjuicio de 272 víctimas. Hasta el momento, se desarrollaron 56 audiencias, donde se escucharon 140 testigos y se reprodujeron 153 videos con otros testimonios. Por el Ministerio Público Fiscal intervienen los fiscales Juan Pablo Curi y Nicolás Czizik y la auxiliar fiscal María Eugenia Montero.

Hasta el momento se desarrollaron 56 audiencias, donde se escucharon 140 testigos y se reprodujeron 153 videos con otros testimonios.

Mariano tenía un año y medio la mañana del 20 de mayo de 1977. En brazos de su hermana Paula, que estaba por cumplir los 7, vivenció el secuestro de su mamá y su papá, Cristina Fernández y Roberto Colomer. Debajo de una cama fueron obligados a permanecer los dos hermanos del medio, Julieta y Santiago. Los cuatro pidieron declarar, decir lo que vivieron y sintieron ese día y durante más de 40 años.

Eran las 6.30 cuando un grupo de personas vestidas algunas de fajina militar, policía o civil, exhibiendo armas de fuego ingresó a la vivienda de la calle Rodríguez Peña al 1200, en pleno barrio Los Troncos. Los cuatro hermanos fueron ubicados en una de las habitaciones de la vivienda y un soldado armado controlaba la puerta. Cuando se fueron, Paula alcanzó a ver por la ventana a su papá, su tío y su mamá envuelta en un gamulán subir a un camión militar.

Enseguida la tía abuela Susana López, que era la dueña de casa, se cruzó a lo de una vecina porque el teléfono había sido cortado. “Llamá a papá”, había alcanzo a gritar Cristina.

Su papá, Benjamín Fernández, era capitán de Fragata retirado, tutor de Emilio Massera en su paso por la ESMA, por lo que la búsqueda de su hija, su yerno y hermano alcanzó grandes esferas del poder en plena dictadura cívico militar. Los abuelos se hicieron cargo de la búsqueda ante los más diversos organismos estatales y autoridades eclesiásticas. Y también de la crianza de sus nietos, a quienes dijeron en una primera instancia que sus padres se habían ido de viaje, un poco para preservarlos, otro poco para mantener la esperanza de que regresaran.

Unos días después de los secuestros un llamado telefónico alertó que podían estar en la Brigada de Investigaciones ubicada en Mitre y Gascón. Quien llamó dijo ser una ex detenida del lugar, y pedía abrigo y comida para los detenidos, que enviaban besos a sus 4 hijos.

Unos tres años después de los secuestros, las hijas más grandes llegaron a creer que sus padres las habían olvidado. “Nos miramos y nos acordamos de todo. Fueron los milicos los que se los llevaron”, contó Paula en el juicio, ante las preguntas de Montero.

“El duelo fue para toda la vida. Porque nuestras vidas quedaron atravesadas: esto no nos pasó solo a nosotros, le pasó a la sociedad, y a la humanidad”, reflexionó a su turno Julieta, que tenía 5 años al momento de los secuestros. Contó que a su papá y a su mamá los conoció a través de relatos. Supo que Roberto atendía niños carenciados que no podían pagar una consulta, que había creado una farmacia social; que Cristina cuando alguien pasaba a pedir ayuda por su casa, no daba lo que le sobraba, que incluso regalaba algo de su ropa. E interpeló a los jueces Mario Portela, Roberto Falcone y Alfredo Ruiz Paz: “El Estado nos los arrebató, ustedes tienen que hacer algo”.

Para Santiago, su vida comenzó ese día, aunque ya llevaba viviendo poco más de tres años. De principio a fin su relato, estuvo atravesado por el dolor hecho lágrimas. Se detuvo a recordar el sonajero que su papá le había hecho con una lata de gasas, una nuez y “cinta de médico”, y aseguró que todas las noches esperaba por ellos.

Mariano era bebé cuando le arrancaron a sus padres. Pero a través de su militancia en HIJOS, logró reconstruir sus historias, que la dictadura quiso borrar: supo que empezaron militando con los sacerdotes tercermundistas, que Carlos Mugica bautizó a sus hermanos en la villa 31, que vivieron en Carlos Paz donde su papá fue electo concejal por el Frejuli en 1973.

Roberto Colomer era un prestigioso pediatra egresado en la UBA con medalla de honor, que consiguió trabajo en el Instituto Nacional de Epidemiología (INE). El director de entonces les reveló que tenía previsto un ascenso y que su carpeta tenía un papel que indicaba “vigilarlo”. No encontró nada extraño, a excepción de que Roberto no solía almorzar con sus pares, sino que prefería el subsuelo con los trabajadores de maestranza.

Jorge Fernández, hermano de Cristina, fue el primero en declarar el pasado viernes, contó que su papá se entrevistó con el propio Massera, y que las gestiones fueron de lo más diversas. “Muchas veces sigo esperándolos”, confesó más adelante.

Ester Aguilera de Colomer, la esposa de Enrique, no estuvo de casualidad esa noche en la casa de Mar del Plata donde fueron a buscar a Cristina y Roberto. Sí estaba su marido, a quien no volvió a ver luego de despedirse de ella días antes para emprender una gira por la Provincia como representante de una editorial de libros de arte.

El último testimonio fue el de María Julieta Colomer, hija de Enrique. “40 años después, los familiares tenemos la posibilidad de contar otra historia, sus historias de vida”, señaló, y expresó que todavía la familia se sigue preguntando dónde están sus restos. Dijo que su papá tenía 29 años cuando se lo llevaron. Al igual que sus tíos, dijo, “tenían proyectos, ideas, querían que los derechos de los trabajadores y las minorías excluidas se respetaran; el otro importaba, había solidaridad, eran personas que creían que otro mundo era posible”.

“Ella quería ser abogada y luchar por la justicia”

A María Dolores Muñiz se la llevaron de su casa el 17 de marzo de 1976, en los días previos al Golpe. Eran las 3 de la mañana y un grupo armado ingresó violentamente a la casa ubicada en Avellaneda al 3300, donde dormía Dolores, su mamá, su hermana que estaba de visita desde Buenos Aires y su otra hermana, que padecía síndrome de Down.

Desde la embajada argentina en Madrid –y ante las preguntas del fiscal Juan Pablo Curi y la auxiliar fiscal Montero-, declaró Mercedes Loyarte, quien fue amiga y compañera de la escuela de Dolores desde la primaria. Juntas ingresaron en 1972 a la Facultad de Derecho que funcionaba entonces en la órbita de la Universidad Católica, y juntas se incorporaron a la JUP, la Juventud Universitaria Peronista “con todo el ímpetu de la juventud”. Las tareas eran centralmente de apoyo escolar en los barrios del sur de Mar del Plata. En una oportunidad, en una recorrida casa por casa por una campaña de concientización del Partido Peronista Auténtico, un hombre le sacó su documento.

Esto la alertó, pero al conseguir la nueva documentación creyó que no tendría mayores problemas. Sin embargo, entre los compañeros la sugerencia era dormir en otro sitio. “Le insistimos que dejara su casa”, contó Loyarte a través de la videoconferencia, quien se fue de Mar del Plata después del nacimiento de su hija junto a su compañero Juan Carlos Abachian. En marzo de 1977 fue secuestrado y ella debió irse del país.

“Dolores era una mujer muy comprometida, una excelente persona, pacífica, quería ser abogada, sólo quería terminar su carrera, y creo que todos quisimos luchar por la Justicia”, la describió.

Jorge Casales conocía a Muñiz desde la militancia contemporánea en la JUP, pero también supo reconstruir parte de su historia desde la labor en la Comisión Memoria Verdad Justicia, promotora de los juicios por la verdad, que dieron paso a los juicios penales que ya suman 61 condenas en 12 debates orales en Mar del Plata y la Región. Habló de la militancia en los barrios, de lo que la mamá de Dolores le contó en 2004 de la noche del secuestro, que la llevaron en camisón, que no se supo más nada de ella. Y trajo al debate algunos documentos a los que tuvo acceso de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA), de habeas corpus sin respuestas y el pedido de captura de Muñiz y otras compañeras por haber integrado la JUP.