07 de julio de 2022
07 de julio de 2022 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
Menu
Los homicidios ocurrieron en junio de 2019
La fiscalía solicitó prisión perpetua para la policía de la Ciudad acusada del crimen de un matrimonio en Parque Avellaneda
“El conocimiento previo que existía entre Sonia Soloaga y las víctimas es lo que lleva a que les quite la vida para evitar cualquier tipo de reconocimiento”, resaltó el fiscal Oscar Ciruzzi en su alegato. Además, pidió que se condene por encubrimiento a quien era pareja de la acusada, también funcionario policial.

El fiscal Oscar Ciruzzi solicitó hoy prisión perpetua para Sonia Soloaga, la policía de la Ciudad acusada de haber asesinado en junio de 2019 a un matrimonio que vivía en el barrio porteño de Parque Avellaneda. Ante el el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº7, requirió también que se condene a tres años de prisión a Diego Pachilla -por entonces pareja de la mujer- por ayudarla a eludir una parte de la investigación y pidió para ambos una inhabilitación para ocupar cargos públicos de diez años.

El titular de la Fiscalía General N°7 consideró que Soloaga debía ser condenada por los delitos de “robo agravado por su comisión con arma de fuego, en concurso real con el delito de homicidio triplemente calificado por haber sido cometido con alevosía, y para consumar el otro delito y lograr la impunidad y por haber sido cometido con un arma de fuego, en concurso real con falsa denuncia”. A Pachilla lo tuvo por responsable del delito de “encubrimiento doblemente agravado por tratarse el hecho precedente de un delito especialmente grave y por ser funcionario público”, tal como había planteado en el requerimiento de elevación a juicio la responsable de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°1 Estela Andrades.

De acuerdo a lo expuesto en el alegato, el 11 de junio de 2019 Soloaga ingresó a la casa ubicada en Eugenio Garzón al 3500 donde vivían María Delia Speranza (63) y Alberto Antonio Chirico (71). La policía solía tomar café con el dueño de la casa y varias veces pasó a usar el baño, tal como relató en el debate la hija del matrimonio, ya que la vivienda estaba ubicada en la cuadrícula donde cumplía sus funciones.

La fiscalía expresó que ese mediodía, entre las 12:30 y las 14:30, Soloaga golpeó a las víctimas para que les señalen donde tenían guardado el dinero, una suma que se calculó en alrededor de 80 mil dólares y entre 50 mil y 60 mil pesos. En la escena del crimen se encontraron objetos donde Chirico solía esconder la plata: una caja de leche, una caja de maicena, un caño de plástico y hasta una caja de zapatillas. El fiscal resaltó que la única zona que estaba revuelta era la cocina y que el resto de la casa se encontraba bien, tal como lo señaló el hijo del matrimonio. El joven vivía allí, había salido temprano ese día y contó en el juicio que le había sorprendido que su cuarto permaneciera "impecable".

“Está claro que el conocimiento previo que existía entre Soloaga y las víctimas es lo que lleva a que les quite la vida para evitar cualquier tipo de reconocimiento", dijo el fiscal en su alegato

El fiscal repasó después la cantidad de lesiones que presentaban las víctimas, especialmente María Delía: cuatro agresiones directamente en su cabeza. “Esas lesiones estaban directamente destinadas a producir un estado de indefensión absoluto”, sostuvo. Luego de los golpes y cuando ya tenía el dinero, Soloaga efectuó dos disparos dirigidos también a la cabeza de cada uno de los dos. La policía utilizó un almohadón para disminuir y amortiguar el ruido y la muerte de ambos fue inmediata. El fiscal repasó que los disparos fueron realizados por una única pistola coincidente con el arma reglamentaria policial pero como no fue hallada no pudo peritarse junto con las vainas que se encontraron en el departamento.

La responsabilidad de los policías
El fiscal Ciruzzi analizó la indagatoria que brindó Soloaga en el debate oral, donde afirmó que jamás había ingresado a la casa y que había sido “una estupidez” la denuncia de que le habían robado el arma, pero que lo había dicho “por miedo”. Cabe recordar que ese mismo 11 de junio de 2019 la acusada denunció que la habían seguido y le habían robado su arma luego de un tiroteo con dos sospechosos, situación que después admitió haber inventado.

En su declaración ante los jueces Alejandro Noceti Achaval, Gabriel Vega y Gustavo Rofrano, Soloaga había marcado que ese día fue al baño en una estación de servicio, sacó el arma de la corredera y que en ese momento recibió una modulación, por lo que salió rápidamente y se olvidó su pistola y el dinero que tenía para pagar la cuota de un viaje a Disney para su hija.

La fiscalía recordó entonces el testimonio del jefe de la División Homicidios de la Policía Federal Argentina que había considerado como “un ardid” esa primera denuncia que hizo Soloaga, además de indicar que no se habían encontrado evidencias de lo manifestado. “La imputada se dio cuenta de que esa versión era insostenible: no hay casquillos en su auto, no hay huellas de los disparos y por eso trastoca su primera versión y aparece ese supuesto olvido del arma”, explicó el fiscal Ciruzzi.

Para la fiscalía, los indicios y las pruebas desplegadas en el debate dieron cuenta de la conducta “tremenda y reprochable” que llevaron adelante ambos imputados.

El representante del Ministerio Público Fiscal indicó luego que no solo la hija del matrimonio dio cuenta de la relación que había entre víctimas y victimaria: el imputado Pachilla había manifestado que su pareja le contó de las veces que le convidaron café en esa vivienda. Incluso quien era el relevo de Soloaga en la zona declaró que la vio hablar con Chirico unos días antes del asesinato. Otro de los aspectos destacados en la acusación fiscal es que aquella mañana el celular con el que la Policía controla la geolocalización de los agentes de calle no estaba en poder de Soloaga sino que lo había dejado en un local de “pet-shop”, con la excusa de cargarlo pero sin el cargador para hacerlo.

Luego, el fiscal analizó la responsabilidad de Pachilla, a quién consideró clave para ocultar y desaparecer el arma de Soloaga. Se centró entonces en el testimonio de la consigna policial que acompañó primero al Hospital Piñero y luego a una clínica privada a la imputada cuando ésta era supuestamente una damnificada. Fue esa policía quien escuchó una charla donde la mujer decía que no había mencionado nada de la pistola “para que no se llevaran a peritar”.

Esa misma testigo recordó que tanto Pachilla como Soloaga estaban incómodos con su presencia y que cuando agarró la mochila de la policía la sintió “pesada”. Estas circunstancias, sumado a esa charla, fueron las que la llevaron a alertar a sus compañeros y jefes sobre el tema. “En ese momento, el único que tenía contacto directo, el que tenía acceso para ayudarla y hacer desaparecer la pistola”, indicó en relación al hombre. Cuando llegaron a la clínica los responsables policiales, la pistola ya no estaba.

Hacia el final, Ciruzzi remarcó la importancia de tomar los hechos en su conjunto. “Está claro que el conocimiento previo que existía entre Soloaga y las víctimas es lo que lleva a que les quite la vida para evitar cualquier tipo de reconocimiento. La alevosía se explica porque ninguna defensa tenían ambos y no obstante los golpes les disparó”, recalcó. En ese tramo, rememoró nuevamente la declaración del jefe de Homicidios y la explicación sobre por qué se utilizó un almohadón: “tal como lo dijo el testigo, fue también para no verle la cara a las víctimas”.

Para la fiscalía, los indicios y las pruebas desplegadas en el debate dieron cuenta de la conducta “tremenda y reprochable” que llevaron adelante ambos imputados. Sostuvo que la situación de Soloaga se agravaba por cómo llevó adelante el crimen, mientras que Pachilla se aprovechó de su carácter de funcionario público para hacer desaparecer “lo que sería uno de los elementos más importantes de prueba”.