03 de julio de 2022
03 de julio de 2022 | Las Noticias del Ministerio Público Fiscal
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La matanza masiva de aborígenes y paisanos en 1924
Chaco: tres hijos de sobrevivientes narraron en la fiscalía la Masacre de Napalpi
Los fiscales de la Unidad de DDHH recibieron las declaraciones en la investigación preliminar que realizan para evaluar el inicio de un proceso judicial por crímenes de lesa humanidad. Los testigos narraron que sus antepasados vivían como "esclavos" en la reducción aborigen y que "no hubo compasión" de la policía y el Ejército.

Tres hijos de sobrevivientes de la Masacre de Napalpi, perpetrada el 19 de julio de 1924 contra integrantes de los pueblos qom y mocoví y paisanos de esa localidad del centro de la provincia del Chaco, narraron ante los fiscales federales de Resistencia los relatos que les hicieron sus madres, padres y familiares sobre la matanza de alrededor de 500 personas por parte de la policía y el Ejército en aquél episodio. Las declaraciones se dieron en el marco de la investigación preliminar dirigida por la Unidad de Derechos Humanos de esa ciudad para determinar si los hechos constituyeron crímenes de lesa humanidad.

Los fiscales del Chaco Carlos Amad, Federico Carniel, Patricio Sabadini y Diego Vigay recibieron declaración testimonial el 17 de noviembre pasado a Carmen Rosa Delgado, de 63 años, hija de Rosa Chará, y a los hermanos Mario y Sabino Yrigoyen, de 67 y 57 años, respectivamente, hijos de Melitona Enrique, perteneciente al pueblo Qom. Las declaraciones de los tres testigos se enmarcan en el trabajo de reconstrucción histórica de los hechos que iniciaron los fiscales para determinar si formulan una denuncia penal contra eventuales autores que pudieran permanecer con vida o si solicitan la apertura de un juicio por la verdad.

Se trata de un proceso iniciado de oficio por los representantes locales del Ministerio Público, quienes se encuentran abocados a reunir documentos históricos, trabajos de investigadores y relatos de los sobrevivientes transmitidos a las siguientes generaciones sobre los asesinatos en masa para reprimir la protesta por condiciones dignas de trabajo de las comunidades aborígenes. Desde que se inició la investigación, los fiscales lograron tomar testimonio al que hasta ahora se conoce como el único sobreviviente vivo, Pedro Balquinta, de alrededor de 107 años de edad, quien también sobrevivió a la Masacre de El Zapallar, de 1933.

"Pedían compasión pero los mataban igual"

En su declaración testimonial, Carmen Delgado contó que su madre estaba por cumplir once años cuando ocurrieron los hechos. Por entonces, la mujer vivía junto a su madre -y abuela de la testigo-, Isabel Chará, de 36 años, y una hermana, Estanislada, de 13, su padrastro José Lezcano, y su abuela -bisabuela de la declarante-, de 73 años, Rosa Chará, y y una tía, Virginia Chará. Todos ellos, narró, vivían en Napalpi antes de que se creara la reducción aborigen, el lugar donde luego de la denominada "Campaña del Desierto" se los confinó para que trabajaran y vendieran los productos a "administradores" locales. "Ellos tenían su chacrita y tenían sus animalitos", declaró Rosa en la fiscalía acerca de la vida de sus antepasados antes de la reducción.

Sobre los reclamos laborales de los trabajadores que fueron la excusa de la represión que derivó en masacre, la mujer narró que su madre le "contaba que ellos cosechaban" y que "los criollos, los blancos, le pagaban con ropa usada, plata no veían nunca; los tenían como esclavos". Indicó que "entraban muy temprano a trabajar y recién a la tardecita dejaban de trabajar sus padres y ella siendo niña, también".

Delgado refirió que su madre le decía que la masacre fue "porque los blancos se querían apropiar de sus tierras". Y relató que "los caciques se levantaron a hacer un reclamo, se levantó una toldería defendiendo a toda la comunidad aborigen para preservar sus tierras de los gringos. Eran muchos en la toldería, cantidad de gente había en la toldería". "Los policías que llegaron eran muchísimos", indicó.

"La masacre fue un sábado a la mañana muy temprano. Mataron a muchos, mujeres y niños, ancianos", añadió. La mujer narró que su madre y las mujeres de la familia "se escaparon al monte a caballo" y que "los hombres de la familia, que eran José Lezcano, su padrastro, y Apolinario Leiva, que era el esposo de la tía Virginia, fueron tomados como rehenes y le hicieron hacer los pozos para enterrar los cadáveres".

Los cuerpos, explicó, llevaban "una cinta en las muñecas" para "distinguir entre los aborígenes y criollos". "En las fosas enterraban a niños, mujeres, hombres asesinados de la etnias toba, mocovies y también a los criollos", dijo, y agregó que -de acuerdo al relato de su madre- "a algunos hombres les sacaron las orejas y los testículos". "Ella me decía que pedían compasión pero que los mataban igual", declaró la testigo, que contabilizó una matanza de alrededor de 450 aborígenes y criollos.

El drama familiar continuó después de la masacre: "Cuando pudieron volver después de un tiempo, no encontraron nada de sus cosas". Delgado contó que en 1925 su abuela perdió el conocimiento, "tuvo que ser internada en el manicomio en Buenos Aires y a los seis meses murió".

Preguntada por la existencia de fosas comunes, la mujer contó que "todos los que viven en esa zona saben dónde están" y que están señalizadas desde hace poco tiempo con "una cruz de madera". "La gente donde están los cuerpos no pisa por respeto", contó.

"El cacique quería dialogar buenamente"

Los hermanos Mario y Sabino Yrigoyen, ambos hijos de Melitona Enrique, también dieron la versión de su madre y de otros familiares. Mario contó que supo que su familia vivía en el lugar en tolderías antes de la conformación de la reducción y que entonces se dedicaban a la recolección de frutas de campo, a la caza y a la pesca.

Con la reducción, esa rutina cambió: "trabajaban en agricultura, recolectaban algodón y vendían en la administración", donde "pagaban poco" a los integrantes de los pueblos "Toba, Mocoit y los Vilelas". Los pagos de la mercadería fueron al principio "con algo de plata, después con bonos y con mercaderías y ropa vieja". "La polenta de harina de maíz venía con gorgojo, pero como la necesidad era grande se cocinaba igual", ejemplificó.

Sabino Yrigoyen, a su turno, explicó que los aborígenes "un día en 1924 se juntaron y se reunieron en un lugar y pararon el trabajo, para que los administradores, los capataces, los gobernantes, les aumenten el jornal" y para que hubiera atención médica. El lugar de reunión, dijo, fue la "llamaba cañada Mocovi, que actualmente se llama La Matanza Lote 39", donde "hicieron tipo una toldería grande para poder reunirse ese día. Los amenazaban que los iban a sacar del lugar, que los iban a matar, que se conformen con lo que le daban".

Mario, por su parte, precisó que los caciques Maidana y Segundo "eran los que encabezaban a los pueblos". "Pedían para que le paguen con plata, para que valga más la producción, porque ellos vendían postes, troncos con raíces y algodón, que no tenían precio fijo, ya que el precio lo ponía el que administraba la colonia", narró.

"Se juntaron como mil personas, entre todas las familias en apoyo a lo que se estaba reclamando. El reclamo fue pacifico, ellos teñían hachas y machetes pero eran sólo para el trabajo. Se transmitía los que los jornaleros pedían que era que se aumente el jornal y los atiendan los médicos. Fue pacifico, pero no quisieron escuchar", lamentó, en su declaración, Sabino.

"Un 19 de julio a las 8 de la mañana"

Su hermano mayor, Mario, explicó además a los fiscales que, de acuerdo al relato de su madre, pudo saber que dos días antes de la masacre un avión sobrevoló la zona. "Fue un 19 de julio a las 8 de la mañana que llegaron las fuerzas policiales, estaban a 200 o 300 metros de la toldería y venía en un jeep un jefe", relató.

Cada uno a su turno, en declaraciones individuales, los hermanos Yrigoyen reconstruyeron paso a paso la masacre: "El jefe que venía en el jeep levantó una bandera argentina y un cacique se fue en caballo a dialogar personalmente, porque quería dialogar con el jefe. El jefe ordenó que se desplieguen todos los policías, que se haga una sola línea y que se hagan cuerpo a tierra. Y ahí el jefe bajó la bandera argentina y subió la bandera roja y ahí abrieron fuego. El cacique que quería dialogar buenamente no llegaba todavía donde el jefe. Primero largaron los tiroteos y el cacique volvió a las tolderías. Los aborígenes no tenían ningún arma, sólo garrotes", relató Mario.

El testigo contó que murieron entre 400 y 500 personas, y que entre ellas había ancianos, niños, jóvenes y mujeres embarazadas. Dijo que los que pudieron escapar, como sus padres, se refugiaron en el monte. "Es algo muy triste esta historia por eso no quiero casi hablar. A los caciques les sacaron los testículos, las orejas, se hicieron trofeos", dijo Mario.

Sabino explicó que "no les dieron tiempo a salir" y que "muchos murieron con la primera descarga" porque "tiraban sin ninguna contemplación".

"A la familia de mi mamá -añadió Sabino- le mataron dos tíos, como tres tías, una bisabuela y varios parientes más. Mi madre se escapó con su padre y su madre y su hermanito discapacitado con síndrome de down al monte. Se escaparon por atrás de la casa y ella decía que, por la buena de Dios, no alcanzó a tocarles ninguna bala".

"En la escapada atropellaron los cardos de gancho altos y se les rompió toda la ropa y se lastimaron" porque -explicó- "por esos cardos no pasa ni un animal, pero ellos como estaban muy asustados y desesperados pasaron igual". Fueron dos días y dos noches en medio del monte, afirmó Sabino. "Casi no tenían agua, sólo agua turbia que debían tomar igual y ahí falleció su hermanito [de Melitona Enrique], el Antonio, por hambre".

Sabino agregó que un tío de su madre volvió luego a la reducción para averiguar si su hermano estaba vivo y, oculto, "vio que estaban custodiando el lugar los policías, para que no se vean los cadáveres y allí se hicieron los pozos donde tiraron a los aborígenes". Luego, añadió que el tío de su madre le dijo a ella que "vio humo y después se supo que quemaron los cadáveres".

"Mi anciana madre, cuando me contaba todo esto, lagrimeaba y le impactaba, lloraba. Mucho me contó sobre todo lo que pasó y a mí me afecta mucho también. Mi padre, que también estuvo allí, me contó que murieron como 500 aborígenes. Eso provocó el esparcimiento de los aborígenes: los tobas fueron para el norte, los mocoit se fueron para el lado sur y los vilelas vinieron para Resistencia", prosiguió Sabino.

Cuando los fiscales le preguntaron si quería agregar algo más, el menor de los hermanos dijo: "Me gustaría que se señalice el lugar, que se coloque un monolito de madera o de piedra, que sea un lugar visible, que sea un patrimonio permanente, patrimonio nuestro, de nuestra cultura y que se resguarde el lugar. Yo siempre lo visito para rezar. Hay cosas que no sé si no quieren mostrar".